Cambio Vegano (Parte 1)


Recuerdo que durante la década de 1980, en paralelo con el retorno de la democracia, la novedosa epidemia de SIDA, el destape, el mundial de México y las cajas PAN, temía la catastrófica posibilidad de una guerra nuclear. Mucha gente no lo recuerda o estaba entretenida con No Toca Botón, pero yo no estaba loco, sólo era un niño informado. Hoy en día no se qué porcentaje de la población integramos los que estamos al tanto y nos preocupamos –en paralelo con el vaciamiento total del concepto de democracia, la novedosa epidemia de coronavirus, el auge del trap, la copa América y la profundización del Modelo– por los efectos actuales y futuros del cambio climático, de la pérdida de espacios naturales y de la superpoblación mundial.

La extensión del dominio humano sobre todos los territorios del planeta aplastó la biodiversidad y compromete los complejos mecanismos interdependientes que equilibran la naturaleza y el clima. Vivimos el tiempo de descuento que nos queda para deshacer los destrozos que nuestra especie ocasionó y cuyos efectos son bien concretos y visibles: tormentas y sequías intermitentes y devastadoras como plagas, incendios que calcinan territorios y especies, suelos empobrecidos y espacios envenenados, una creciente fragilidad en la producción de alimentos y el deterioro del aire y del agua. ¿Cuáles son las claves para desandar este camino y recuperar la estabilidad de esta corteza que permite la vida sobre el planeta?

El capitalismo mainstream trabaja en la máxima artificialización antes sólo imaginable en la alucinación futurista que emergió tras el positivismo decimonónico: la domesticación absoluta de la naturaleza y el triunfo del orden humano a través de la síntesis de animales ficticios, el diseño de vegetales que crecen sin suelo, sin agua y sin sol, el estímulo perfecto de nuestros centros de placer con sabores de laboratorio y una Babel de medicamentos para atenuar los desbarajustes corporales que resultan de un ambiente frankensteiniano. Además, la ciencia se esfuerza en corregir la reacción de la naturaleza al conjunto de nuestras agresiones: confabula contra las malezas, imprime carnes de laboratorio, selecciona genes audaces y edita con su Wordstar 2.0 la evolución de las especies, mientras irradia de electromagnetismo cada ser vivo para que nuestras neuronas se mantengan bien pasteurizadas.

Sin propósitos trascendentes, ni siquiera con un programa mínimamente práctico, la humanidad trata de satisfacer sus enloquecidos deseos y en ese frenético y absurdo devenir, corroe y consume los pilares de su supervivencia. ¿Quién duda de lo imprescindible que es devolver vastas extensiones a la naturaleza y auto-exiliarnos de territorios que habiliten el retorno vital de los bosques, las estepas y los oceános. ¿Por qué ocupamos tanta tierra para vivir tan singular y miserablemente? ¿Quién duda de que deberíamos vivir en menos espacio, con menos recursos, generando daños un poco menos descomunales? ¿Cuáles son los factores que determinan nuestro uso de la tierra, de lo vivo y de lo almacenado?

La naturaleza se explota para pagar deudas externas y acrecentar fortunas, para favorecer el desarrollo de los teléfonos celulares, para abaratar el costo del transporte y la electricidad, y para que la economía crezca de modo que sea más lujosa la vida de los afortunados y menos incómoda la supervivencia de los desahuciados. La bomba climática nos estalla en el rostro, en el presente, en los humedales que próximamente asfaltaremos para que progrese el tránsito de las mercancías que traen lluvias de dólares.

Esto iba a ser un artículo sobre el veganismo, pero la introducción fue arrasada por un huracán caribeño que destrozó la escala de Richter. Continuará…