Me inscribí a un curso de diseño online de permacultura, que dicta Luciano Kordon de la Escuela de Ruralidad y Permacultura “El Arbol”. Anoche me conecté, camarita y micrófono mediante, al primer “laboratorio colaborativo” de 2026, junto a otros estudiantes permaculturales. Se habló un rato de los baños secos y luego de las formas de protesta, dado que se está discutiendo en el Congreso la Ley de Glaciares. ¿Sirven los festivales como acción de protesta? ¿Por qué no se moviliza masivamente la gente que va a sufrir directamente las consecuencias de perder la ley vigente? Corren peligro los glaciares y espacios periglaciares, que son ecosistemas muy sensibles de los cuales depende, entre otras cosas, la provisión de agua de una enorme cantidad de población humana. El gobierno y las megamineras acuerdan en que la ganancia económica privada justifica el sacrificio ajeno. La conversación me estimuló a poner por escrito este punteo de ideas acerca del activismo.
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“A nadie le importa”. Tenemos la percepción de que sólo una minoría de la población se preocupa por los bienes comunes y por las condiciones de vida que se nos imponen. Creo que es una percepción realista, pero ofrece un panorama incompleto. Miremos el campo del enemigo: no salen multitudes a proclamar el retorno de la esclavitud. Lo que hay es mucho dinero para promover el sentido común de que estos negocios, que favorecen a los grupos más acaudalados y poderosos, forman parte de un “progreso” inevitable que implica tales o cuales atrocidades. Pero nadie sale activamente a militar por el fin de las fuentes saludables de agua, en favor de los desmontes o por un incremento de agrotóxicos en el aire. Por lo tanto, somos más los que activamos por valores positivos. Lo que sucede es que gana ampliamente en número la apatía, el desconocimiento, los que optan por dedicarse exclusivamente a su bienestar individual o los que sólo pueden concentrarse en llegar a fin de mes. El activismo siempre es minoritario, pero una fracción menor de una población puede determinar cambios sustanciales. A muchos sí nos importa, no nos subestimemos.
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No debemos abandonarnos al pesimismo. Si bien hay innumerables y poderosas dificultades que alimentan nuestro desánimo, la derrota se consuma si nos conformamos con la inacción. Es demasiado fácil regodearnos en la derrota, tenemos que encontrar las fuerzas para salir a pelear las batallas aunque sean desiguales. El activismo digital es necesario pero insuficiente, todos debemos encontrar o crear un espacio u organización donde comprometer una porción de nuestro tiempo para la acción colectiva, por ejemplo en sindicatos, clubes, vecinales, asambleas, escuelas, partidos, ongs, espacios de arte, etc. Es mentira que no se pueda hacer nada y que son todos chorros. También es cierto que las experiencias en estos espacios pueden ser frustrantes. Roma no se construyó en un solo día, y a llorar a los velorios.
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El anarquismo desarrolló un instrumento llamado grupo de afinidad. Si no encontramos un espacio de activismo que nos resulte potable podemos armar un grupo de personas que, sin la necesidad de compartir una visión integral del mundo, pueden acordar una acción puntual en torno de un interés o de una preocupación común. Esta célula puede prolongar su existencia y actuar tanto como sus integrantes lo decidan. Es mejor hacer algo pequeño esporádicamente que no hacer nunca nada.
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El aislamiento nos perjudica. Las luchas deberían integrarse. Un mínimo común denominador es el anticapitalismo. Porque los más ricos, imponiendo su voluntad egoísta, son partícipes necesarios del crimen de traernos hasta el borde del precipicio. El libre mercado sólo favorece a los más fuertes. La búsqueda de la ganancia no puede ser el timón de nuestras decisiones colectivas ni individuales. Lo inteligente es planificar: nuestra vida, nuestra economía, nuestros jardines y bosques, nuestras acciones e interacciones. Sin embargo, el anticapitalismo es insuficiente. Para alimentar la esperanza necesitamos un futuro mejor, una idea de cómo sería vivir vidas más felices. Tenemos que encontrar, entre nuestros diversos espacios de activismo, ideas compartidas de futuros mejores y plausibles. Podemos contagiar entusiasmo si hay utopías por construir. No temamos poner por escrito nuestras fantasías.
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Una parte del activismo es la formación política, histórica, ambiental. Tenemos que conocer experiencias exitosas de otros lugares y otros tiempos. Necesitamos conocer los sistemas que integramos para defenderlos mejor. El conocimiento y el saber son determinantes para el poder. Usemos el tiempo que actualmente dedicamos al consumo pasivo de noticias para fines mejores, y de paso boicoteamos a los que ganan fortunas haciéndole propaganda a las ideologías dominantes. Parte del activismo puede ser la contrainformación.
Este es mi pentálogo actual y provisorio. Si en el futuro se me ocurren más cosas quizás evoluciona hacia un futuro hexálogo o heptálogo. Me voy a dormir la siesta, ¡y hasta el decálogo, siempre!
