Recuerdo la palpable angustia que sentí en los años ochenta frente a la posibilidad de que alguna de las grandes potencias enfrentadas en la Guerra Fría decidieran ser las primeras en apretar el botón rojo, dando comienzo al suicidio colectivo con el desastre nuclear. Fueron los últimos años de niñez y primeros de la adolescencia, también marcados por la epidemia de SIDA que condimentó con miedo el despertar sexual de nuestra generación. Mientras tanto, con ambos peligros modelando oscuros pasajes de nuestro subconciente, continuamos viviendo la típica existencia argentina de sabores mezclados que nos convidaba -sin orden alguno-: el intento de deshacernos legítimamente de la deuda externa (aguante Alfonsín y Grinspun), la potencia de nuestro deporte (aguante Gabi Sabatini y la copa del 86), el juicio a las juntas militares, la derrota económica con el ascenso y caida del Plan Austral, la queja por los servicios públicos, el fenómeno del "destape", la ley de divorcio, el programa de Tato Bores, la llegada del gas natural, los alzamientos militares y las leyes de perdón (abajo Alfonsín), el traslado de la capital a Viedma, el conflicto del Beagle y toda la cháchara del momento. Repito, nos alegraba y nos preocupaban estas cosas de nuestro entorno cercano, mientras latía en simultaneo la posibilidad de que estallara otra central nuclear o se iniciase la tercera y última guerra mundial.
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