Abandonemos la era de la reproducción imperativa
Nunca tuve ganas de tener hijos. Pude haber enunciado lo contrario, alguna vez, pero sólo por un encandilamiento amoroso pasajero y no por el deseo real de traer una nueva persona al mundo. Esa enunciación solo pudo ser la cumbre de mi confusión. Nunca se me ocurriría pensar que mis genes tienen algo de valioso y que deban ser perpetuados. De tener alguna personalidad, determinación y conciencia, los míos no se caracterizan por su egoismo. ...